BRUSELAS — Durante buena parte de las últimas décadas, Europa y América Latina mantuvieron una relación construida sobre afinidades históricas, comercio, cooperación y una idea compartida —aunque imperfecta— de democracia y multilateralismo. Hoy esa relación adquiere un significado distinto. No se trata solamente de fortalecer vínculos culturales o ampliar intercambios comerciales. Se trata de decidir si ambas regiones pueden construir una voz común en un escenario internacional cada vez más marcado por guerras, tensiones comerciales, disputas geopolíticas y una creciente competencia entre grandes potencias.

Estados Unidos continúa siendo un socio fundamental tanto para Europa como para América Latina. La relación económica entre Washington y la Unión Europea sigue siendo una de las mayores del mundo: en 2025, el comercio bilateral de bienes y servicios alcanzó alrededor de 1,77 billones de euros. Consejo Europeo Pero al mismo tiempo, la política internacional estadounidense atraviesa un periodo de confrontaciones simultáneas que repercuten mucho más allá de sus propias fronteras.

En septiembre de 2026, Washington mantenía abiertas tensiones significativas con Irán y negociaciones difíciles con China, al tiempo que reforzaba su estrategia de seguridad en el hemisferio occidental. Reuters informó además de una política estadounidense más agresiva frente al narcotráfico regional y de una creciente presión sobre varios gobiernos latinoamericanos. Reuters

El efecto para América Latina no es necesariamente una ruptura con Estados Unidos. Es algo más complejo: una creciente necesidad de diversificar sus relaciones.

Cuando las grandes potencias entran en conflicto, las economías más dependientes quedan expuestas a decisiones que no controlan. Una disputa arancelaria puede alterar exportaciones. Una guerra en Oriente Medio puede encarecer energía y transporte. Una confrontación entre Washington y Pekín puede obligar a los países latinoamericanos a navegar entre dos de sus principales socios comerciales. Y una política exterior estadounidense más intervencionista puede reabrir en la región debates históricos sobre soberanía y autonomía.

Es aquí donde Europa adquiere una importancia estratégica diferente.

Dos regiones que juntas dejan de ser periféricas

Europa y América Latina no constituyen un bloque marginal del sistema internacional. Los 27 Estados de la Unión Europea y los 33 países de América Latina y el Caribe representan conjuntamente alrededor del 21 % del producto interior bruto mundial y más de un tercio de los miembros de Naciones Unidas. Consejo Europeo

Esa dimensión ofrece capacidad política, económica y diplomática.

Pero los números por sí solos no producen influencia.

Para tener peso internacional, ambas regiones necesitarían desarrollar algo que históricamente ha sido más difícil: una narrativa compartida sobre qué tipo de orden internacional quieren defender.

Esa narrativa podría comenzar por principios relativamente concretos: respeto al derecho internacional, solución diplomática de controversias, defensa de los derechos humanos, protección de la libertad de prensa, comercio basado en reglas, transición energética sostenible y cooperación entre regiones sin relaciones de subordinación.

No implicaría que Europa y América Latina piensen igual sobre cada conflicto. Tampoco exigiría formar un bloque contra Estados Unidos, China o cualquier otra potencia.

Precisamente lo contrario.

Una alianza madura tendría sentido si permite que ambas regiones mantengan relaciones con Washington, Pekín y otros actores internacionales sin quedar atrapadas automáticamente en sus confrontaciones.

La autonomía estratégica empieza por tener alternativas

Durante años, Europa ha utilizado el concepto de autonomía estratégica para describir su intención de reducir vulnerabilidades externas sin abandonar sus alianzas tradicionales.

América Latina enfrenta una discusión semejante, aunque utiliza otros términos.

Para muchos gobiernos latinoamericanos, el desafío consiste en ampliar sus relaciones exteriores sin convertir esa diversificación en un alineamiento automático con otra potencia. Sustituir una dependencia por otra difícilmente constituye autonomía.

Por eso una relación más profunda con Europa podría ser especialmente relevante.

La Unión Europea mantiene acuerdos comerciales, de asociación o cooperación con 30 de los 33 países latinoamericanos y caribeños. Consejo Europeo En la última década, el comercio de bienes entre ambas regiones creció más del 52 %, mientras que el comercio de servicios prácticamente se duplicó. Consejo Europeo

Existe, además, una arquitectura financiera que comienza a adquirir dimensiones considerables.

La Agenda de Inversiones Global Gateway entre la Unión Europea y América Latina y el Caribe fue concebida con un objetivo de 45.000 millones de euros. Para noviembre de 2025, instituciones europeas informaban que alrededor de 31.000 millones ya habían sido canalizados hacia más de cien iniciativas en la región. International Partnerships

Los proyectos incluyen conectividad digital, infraestructura energética, innovación, transporte y cooperación tecnológica.

Es decir, la relación ya no depende únicamente de declaraciones diplomáticas.

Existe dinero, infraestructura y capacidad institucional detrás de ella.

Una narrativa común no puede escribirse solo desde las capitales

Sin embargo, una relación birregional verdaderamente profunda no puede limitarse a las fotografías de presidentes y ministros.

También debe llegar a alcaldías, universidades, medios de comunicación, empresas, organizaciones sociales y gobiernos regionales.

Las ciudades pueden ser particularmente importantes.

Mientras las grandes potencias discuten sobre seguridad militar y zonas de influencia, muchas de las preocupaciones reales de los ciudadanos son mucho más inmediatas: transporte público, contaminación, empleo, agua, vivienda, migración, digitalización y seguridad urbana.

Son precisamente ámbitos donde la cooperación entre Europa y América Latina puede producir resultados visibles.

Una ciudad latinoamericana puede adaptar experiencias europeas de movilidad sostenible. Una región europea puede aprender de modelos latinoamericanos de participación comunitaria. Universidades pueden desarrollar investigaciones conjuntas. Empresas pueden crear cadenas de valor compartidas. Organizaciones de la sociedad civil pueden fortalecer mecanismos de transparencia y derechos humanos.

La política exterior deja entonces de ser exclusivamente diplomacia.

Se convierte en cooperación práctica.

También existe una batalla por la democracia y la información

La relación entre ambas regiones tiene además una dimensión política.

La propia Unión Europea identifica democracia, Estado de derecho, derechos humanos, seguridad ciudadana, transición digital y cooperación entre sociedades como pilares de su relación con América Latina y el Caribe. Servicio Europeo de Acción Exterior

En un mundo donde la desinformación, la polarización y la presión sobre los medios independientes atraviesan fronteras, construir una conversación birregional también significa defender espacios donde las sociedades puedan debatir sin intimidación.

La libertad de prensa ocupa ahí un lugar central.

Europa y América Latina tienen historias diferentes, pero ambas conocen las consecuencias que aparecen cuando las instituciones democráticas pierden controles, cuando el poder político desacredita sistemáticamente al periodismo o cuando las sociedades comienzan a aceptar que el adversario político debe ser tratado como enemigo.

Por eso una narrativa compartida no debería ser únicamente económica.

También debería ser democrática.

No se trata de escoger entre Washington, Bruselas o Pekín

Este punto resulta especialmente importante.

Una mayor relación entre Europa y América Latina no debería formularse como una estrategia contra Estados Unidos.

Washington continuará siendo un socio económico, político y de seguridad esencial para numerosos países de ambas regiones. Europa mantiene con Estados Unidos una integración comercial y financiera extraordinariamente profunda. Trade and Economic Security América Latina, por su parte, conserva vínculos comerciales, migratorios y familiares con Estados Unidos imposibles de reducir a una simple competencia geopolítica.

La cuestión es otra.

En un sistema internacional menos estable, depender excesivamente de una sola relación aumenta la vulnerabilidad.

Europa necesita socios.

América Latina necesita opciones.

Y ambas regiones tienen suficiente historia compartida, complementariedad económica y proximidad institucional para construir una relación que no obligue a ninguna de las dos a renunciar a sus demás alianzas.

El mundo multipolar exige aprender a hablar juntos

La cumbre UE-CELAC celebrada en Colombia en noviembre de 2025 volvió a situar esta relación en el centro del debate internacional. Participaron países de los 33 Estados de CELAC y de los 27 miembros de la Unión Europea, con discusiones sobre inversión, seguridad, transición climática y comercio. International Partnerships

El Consejo Europeo resumió entonces uno de los argumentos fundamentales: en un mundo multipolar, la cooperación entre regiones puede reducir dependencias y aumentar la autonomía estratégica de ambas partes. Consejo Europeo

Ese principio probablemente será todavía más relevante en los próximos años.

Europa y América Latina no necesitan construir una alianza basada en el temor a Estados Unidos ni en la confrontación con China.

Necesitan algo más ambicioso: una relación suficientemente fuerte para que ninguna crisis externa determine por completo sus decisiones internas.

Una narrativa común podría comenzar precisamente allí.

En aceptar que democracia, cooperación, desarrollo sostenible, libertad de expresión, comercio justo y solución diplomática de los conflictos no son únicamente conceptos para declaraciones internacionales.

Son intereses estratégicos.

Y en un momento en que las grandes potencias vuelven a hablar el lenguaje de la fuerza, Europa y América Latina tienen la oportunidad de demostrar que también existe poder en la cooperación.

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