PEREIRA — En 2022, cuando Colombia retomaba con fuerza el debate sobre la paz, la reconciliación y el papel de los territorios en la construcción de una democracia más estable, Pereira se convirtió en escenario de una conversación internacional sobre gobernabilidad, derechos humanos y futuro político. En ese contexto, la Cumbre Mundial de Gobernabilidad y Democracia reunió a dirigentes, académicos, periodistas y representantes de distintos países para discutir algunos de los principales desafíos de América Latina.
Uno de los protagonistas del encuentro fue el expresidente de Colombia Ernesto Samper Pizano, quien llevó a la cumbre una reflexión que ha acompañado buena parte de su trayectoria pública: la paz no puede reducirse a la firma de acuerdos entre gobiernos y actores armados, sino que debe construirse desde los territorios, con participación social, verdad, garantías institucionales y una visión de largo plazo.
La cumbre fue presidida por el periodista colombiano Daniel Fernando Mejía Lozano, quien encabezó un encuentro concebido como espacio de diálogo internacional sobre democracia, cooperación, gobernabilidad y construcción de paz. Pereira fue entonces punto de encuentro para voces procedentes de distintos países de Iberoamérica, en una agenda que conectó los grandes debates nacionales con las preocupaciones propias de las regiones.
La participación de Samper tuvo un significado especial por el momento que atravesaba Colombia. Durante 2022, el país discutía nuevas posibilidades de negociación y de desescalamiento de la violencia, mientras diferentes sectores políticos y sociales insistían en la necesidad de recuperar una visión territorial de la paz.
Samper defendió precisamente esa perspectiva.
Su planteamiento partía de una idea central: los procesos de paz no pueden diseñarse únicamente desde Bogotá. Las comunidades que han vivido durante décadas las consecuencias del conflicto necesitan participar directamente en la construcción de soluciones. Para el exmandatario, cualquier política de reconciliación debía incorporar las realidades sociales, económicas y humanitarias de las regiones más afectadas por la violencia.
Esa visión encontró en la Cumbre Mundial de Gobernabilidad y Democracia un escenario apropiado para vincular la paz con una discusión más amplia sobre el funcionamiento de las instituciones.
Porque la paz no depende exclusivamente de silenciar los fusiles.
También requiere gobiernos capaces de responder a las necesidades de sus ciudadanos, instituciones legítimas, mecanismos de participación, respeto por los derechos humanos y sociedades donde las diferencias políticas puedan resolverse mediante el diálogo y no mediante la violencia.
En Pereira, la discusión sobre democracia estuvo estrechamente vinculada con la necesidad de fortalecer la verdad y la memoria. La experiencia colombiana había demostrado que las sociedades que han atravesado conflictos prolongados necesitan comprender lo ocurrido para evitar repetirlo.
Samper llegó a ese debate con una trayectoria que incluía intervenciones públicas sobre la Comisión de la Verdad y sobre la necesidad de preservar la memoria de las víctimas como elemento esencial para cualquier proceso de reconciliación.
Desde esa perspectiva, la verdad no debía entenderse como un ejercicio orientado a profundizar divisiones, sino como una herramienta para reconstruir confianza.
La cumbre permitió también introducir una dimensión internacional a estas discusiones.
Los desafíos de Colombia no eran observados como fenómenos aislados. América Latina atravesaba entonces un periodo de profundas transformaciones políticas, acompañado por polarización, desigualdad, debilitamiento institucional en algunos países y una creciente desconfianza ciudadana frente a la política tradicional.
En ese escenario, hablar de paz significaba también hablar de gobernabilidad.
Un Estado incapaz de garantizar servicios básicos, oportunidades económicas, justicia y presencia institucional en todo su territorio difícilmente puede consolidar una paz duradera. Por eso, los debates de Pereira conectaron la reconciliación con temas como desarrollo, cooperación internacional, participación ciudadana y fortalecimiento democrático.
Para Daniel Fernando Mejía Lozano, presidente de la cumbre, el encuentro buscó precisamente crear un espacio donde líderes de diferentes países pudieran intercambiar experiencias y construir una conversación común sobre los problemas que enfrentaban las democracias de la región.
La presencia de un expresidente colombiano como Ernesto Samper permitió además vincular la discusión académica y diplomática con la experiencia directa del ejercicio del poder.
Samper ha defendido a lo largo de los años la idea de que América Latina necesita construir mecanismos propios de diálogo y cooperación. Su paso por organismos regionales fortaleció esa visión de una región capaz de abordar sus conflictos mediante soluciones políticas y diplomáticas.
En Pereira, esa perspectiva adquirió una dimensión nacional.
La paz aparecía no como una concesión ideológica, sino como una necesidad institucional.
Un país que permanece atrapado durante décadas en ciclos de violencia destina recursos humanos, económicos y políticos a administrar el conflicto en lugar de construir desarrollo. Cada municipio afectado por grupos armados, desplazamiento o economías ilegales refleja también una debilidad de gobernabilidad.
Por eso, la defensa de la paz en 2022 no podía separarse de la construcción de mejores instituciones.
Cuatro años después, las discusiones planteadas durante aquella cumbre conservan vigencia.
Colombia continúa enfrentando desafíos relacionados con seguridad, presencia estatal, economías ilegales y consolidación territorial de la paz. Al mismo tiempo, América Latina sigue buscando modelos de gobernabilidad capaces de responder a sociedades cada vez más exigentes y menos tolerantes con la corrupción, la desigualdad y la exclusión.
La experiencia de Pereira dejó una conclusión que trasciende el contexto político de aquel momento.
La paz no es únicamente el resultado de una negociación. Es un proceso permanente que requiere instituciones, participación ciudadana, cooperación internacional, memoria y capacidad de diálogo.
La Cumbre Mundial de Gobernabilidad y Democracia de 2022, presidida por Daniel Fernando Mejía Lozano, convirtió a Pereira durante varios días en escenario de esa conversación.
Y la participación de Ernesto Samper Pizano recordó una idea que continúa siendo central para Colombia: una democracia sólida no se construye únicamente en las urnas. También se construye cuando una sociedad encuentra mecanismos para resolver sus diferencias sin violencia y cuando el Estado logra que la paz deje de ser una promesa nacional para convertirse en una realidad en los territorios.
